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Aleluya
"Y no habrá más maldición". En todas partes podemos ver las consecuencias de la maldición. Alabemos al Señor porque en la Tierra Nueva "no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán" (Apoc. 22: 3). Algunos saben muy poco acerca del significado del verdadero servicio. Los cantantes que van a actuar en un espectáculo dedican tiempo para practicar, para familiarizarse con la música y la letra. Para que aprendamos a servir al Señor en el cielo, debemos participar en su servicio ahora, para ir conociéndolo y para aprender a ser siervos fieles... Al libertar nuestras almas de la esclavitud del pecado, Dios ha obrado para nosotros una liberación todavía mayor que la de los hebreos ante el mar Rojo. Como la hueste hebrea, nosotros debemos alabar al Señor con nuestro corazón, nuestra alma, y nuestra voz por "sus maravillas para con los hijos de los hombres" (Sal. 107: 8). Los que meditan en las grandes misericordias de Dios, y no olvidan sus dones menores, se llenan de felicidad y cantan en sus corazones al Señor. Las bendiciones diarias que recibimos de la mano de Dios, y sobre todo, la muerte de Jesús para poner la felicidad y el cielo a nuestro alcance, debieran ser objeto de constante gratitud. . . Todos los habitantes del cielo se unen para alabar a Dios. Aprendamos el canto de los ángeles ahora, para que podamos cantarlo cuando nos unamos a sus huestes resplandecientes (Patriarcas y Profetas, págs. 292-294). 94


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